Dom22052022

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La mía que no me la toquen...

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abascal


Daba igual no llevar dinero.

Cada familia, tenía su tienda. Su farmacia, su Confitería, su Panadería, incluso su Mercería. Curioso. Y es que la mejor, sin duda, era la de mi familia.

En la foto, el edificio que albergó y alberga la Farmacia de Mi Familia. La Farmacia de Abascal. Han pasado ya muchos años; al menos los que van desde la llegada de mi uso de razón hasta esta tarde, y aún es el día que si por motivos puramente logísticos tengo que hacer "mi pedido" (lo siento, con 50 años uno está ya caduco) de medicinas en otra farmacia, prefiero que no me vean; me parece que les estoy engañando y traicionando. Y es que lo que une a un torrelaveguense con su farmacia, con la de su familia, tiene mucho que ver con nexos universales y etéreos. Porque ellos sabían lo que te pasaba, lo que te venía bien, lo que te daba alergia. Eran la extensión perfecta de tu médico de cabecera. Ninguno de los dos sin el otro. Guardaban alguno de tus secretos íntimos, y solo con un gesto de tu cara, sabían lo que necesitabas, y que lo que querías era "eso" que no se debe pronunciar en alto...

Otra historia era la de la Confitería de tu familia. Si eras de Vega, eras de Vega, y el que era de Santos, era de Santos, pero ese, no tenía ni idea... Está claro que mi familia era de Vega, y nunca entraban en casa ni pasteles, ni tartas, que no fueran de Vega. Sabíamos que algunas "obras de arte" de otras confiterías (porque en Torrelavega no se hace pastelería; se hace arte) eran mejores que las de la nuestra, pero no era de la nuestra, y eso no tenía perdón. Las polkas, las cristinas rellenas, la tarta de hojaldre, la tarta de yema, las paciencias, los consejos, los bombones, los cruasanes... Dios mío... Siempre soñamos con llegar a mayores y tener "pasta" para pegarse una pechada de confitería, pero para cuando tuviste "pasta" y te acordaste de aquel deseo, ya no tenías análisis ni médico que te lo consintiera.

Otra historia era el bar del vermut del domingo. Un lugar importante donde todos aprendimos a dividir. Antes de que posaran las rabas en la mesa, y sin mirar ni contar alrededor, ya sabías cuántas tocaba a cada uno... Como inspirado por la diosa de la sabiduría. A mi me llevaban al Casino de Solvay, y me daba la sensación de que nadie podría nunca superar aquella delicia, incluido el maravilloso mosto, que bebías poco a poco (para que durara) y esperando el mejor trago para la hora de marchar.

También destacaban las rabas del Central (actualmente siguen siendo idénticas), con su gabardina aceitosa y su platillo ovalado, inconfundible. También las Manolín; en Las Ruedas. Pero aunque más moderno, no me perdonaría nunca hablar de la hora del vermut de Torrelavega, sin mencionar los canapés del Urbano´s; aquellos, y los de Pilo y Sergio, que han sabido mantener la ciencia, la estética y la perfección en miniatura. Dicen que el Rey los reclama cada vez que viene a Torrelavega; y no me extraña...

Y la librería, igual. Cada familia la suya. Juraría que ésta venía marcada por la reserva de los libros del "cole". La mía era Lysan, en Cuatro Caminos. Pero estaba Liceo, Antonino, Esmeraldo, Villegas, y más recientemente Campillo. El olor de los libros, de las cartulinas, el papel de seda, el de cebolla, el celo, la plastilina, y otro olor insuperable: el de los forros de plástico, que yo creo que "colocaban"...

Cada familia la suya. La pescadería, la carnicería, la peluquería... Hablamos de fidelidad, de confianza, de conocer a la familia, de poder comprar sin dinero... Una Torrelavega de vecinos, de barrios, de familias... Aquella.