Mucho disfrutábamos en la playa para soportar el trayecto en autobús desde Torrelavega a Suances. Era un infierno.

Solo había dos soluciones: la Pista Río o la Playa de La Concha en Suances. Yo era de los de la playa. De la playa de La Concha y con respeto a la resaca y a la bandera. La de los Locos, entonces, era solo para los locos.

La temporada de playa empezaba con una quemadura «del uno». Daba igual lo que te dijera tu madre, daba igual lo que sufriste el año anterior, daba igual lo que te contó un amigo. El verano empezaba con una quemadura; y detrás de ella, el vinagre, el aceite, la sofisticada Nivea, y más tarde el AfterSun. Aquella noche sufrías, la siguiente un poco más, y a partir del tercer día la mejoría era definitiva. Digamos que era un peaje para circular por el verano. Por supuesto, para que una quemadura del sol tuviera un cierto prestigio, era imprescindible que la espalda se pelara.

No hay duda. Lo mejor era que no había colegio… Era un día especial. Al igual que cuando recordábamos las Ferias sentíamos como empezaban antes de la fecha, la llegada de La Vuelta a España era igual. El día anterior,…

Sabores… a fresa… a menta… a pipas…

De nuestra vida, formaban parte los barrios y los colegios, los amigos y los juegos, y… Las Golosinas (obsérvese cómo el autor lo escribe con mayúsculas).

No, no, no… las chuches no. Las Golosinas (obsérvese cómo el autor lo escribe en negrita).

La referencia: la peseta. Todo entonces era «a peseta» o como mucho, «por una peseta te dan tres!». Alguna vez en el Colegio, nos enseñaron la diferencia entre valor de uso y valor de cambio. Las Golosinas eran el ejemplo. Por lo que nos daban a cambio, Las Golosinas eran muy baratas, porque con una «propinilla» que alguien te diera, llenabas el bolsillo.

Ni idea…

No tengo ni idea de por qué ese juego se llamaba así, ni por qué cada una de las figuras se expresaba de la manera que se hacía. Incluso he intentado investigar en internet, y por primera vez, la red me ha dejado solo.

Atiendo a peticiones de todos mis amigos: «habla sobre los juegos, por favor, habla sobre los juegos…» ¡Ea! Vamos a recordar aquellos ratos de colegio (o de escuela, véase la entrega anterior) en lo que lo importante era pasar el rato.

La fotografía del Boulevard en la anterior entrega, era fantástica, pero la de hoy, la de Las Escuelas Del Oeste, es inesperada de verdad. Porque este es el Colegio Cervantes cuando empezó a ser «Las Escuelas del Oeste».

No sé hasta cuando, pero los niños del 62 fuimos a Las Escuelas del Oeste. Luego, más tarde, fue el Colegio Cervantes. No tengo muchos recuerdos de la escuela, pero sí sé que antes los colegios públicos eran «escuelas» y los colegios privados, eran «colegios». Atención al matiz, tan de actualidad hoy en día.

Es la mejor foto de todas. Lo sé.

Lo sé porque la publiqué en mi Facebook y tuvo mucho tirón. Quizá el Boulevard, sea el rincón de Torrelavega que más ha cambiado en los tiempos modernos, y también el que más personalidad ha perdido. Tenía mucho que perder.

Me gusta esa foto porque expresa frescura. La frescura de sus árboles. Esos días de verano de Torrelavega, días de sur, de los que pasan de 30. No hay muchos, pero los que somos de Torrelavega sabemos cómo son esos días. Y recordamos perfectamente como corría el aire en el Boulevard, debajo de sus plátanos. Podríamos hablar la página entera de aquellos plátanos. A los mayores les gustaba su sombra. El ruido de sus ramas y sus hojas. La cita anual de la poda. El boulevard se quedaba desnudo, con la vergüenza de la desnudez pueril en la consulta del médico. Una desnudez imprescindible para seguir creciendo.

Si a alguien le preguntaran cual es el centro de Torrelavega, nunca dudaría en decir que la Plaza Mayor. Tan claro, como la Puerta del Sol. Además, tampoco sería descartable considerarla como el kilómetro cero de Cantabria.

Pero la Plaza Mayor era mucho más que eso. Jugar al balón con 10 años, robar un beso con 15, quedar con los amigos con 20, pasear a tus hijos con 30, manifestarte a los 40, escuchar a nuestra Banda Municipal a los 50, y tomar el sol a la jubilación… La Plaza Mayor tiene repertorio para todos.

Todo el mundo creía que las Ferias empezaban cuando comenzaban las Fiestas, es decir: la víspera de La Patrona. Pero no…

Para nosotros, los niños, las Ferias empezaban cuando llegaba el primer camión con piezas de las atracciones; un caballito, una cesta de la noria, una cartolilla de los coches de choque… Daba igual. Habían llegado las Ferias. En Bilbao, mis abuelos las llamaban «las barracas», y en muchos otros sitios «los cacharritos»…

Ese era el primer paso. Acercarse a La Llama para ver como montaban las atracciones, y más especialmente, los coches de choque. Además de ser una atracción divertida, nos hacía soñar que ya éramos conductores… «como mi padre…» Ponían los tacos de madera, las traviesas, y toda la pista. Ya luego los pilares, ya estructura y el toldo. Se arrimaba la caravana, y entonces ya, aparecían los coches, tan maravillosos. Entre ellos, el nº 5… era el que más corría, sin duda. Sin la misma duda de que ahora mismo, yo solo, sería capaz de montar aquella pista.

Y así, desde la semana anterior, iban creciendo las atracciones. Era como si aparecieran por generación espontánea. La Plaza de La Llama se iba llenando de atracciones, y el viernes, antes del día de la Patrona, estaba ya todo listo.