Siempre pensamos que «ser uno más de la familia» era una frase de las que se llaman «hechas» y que era aplicable a todos aquellos que nos rodeaban en la vida cotidiana de nuestras familias, como una asistenta, el portero de casa, un primo aventajado, o nuestro perro. Pero hace años, había otro ser que aún perteneciendo al género inanimado, formaba parte de nuestra familia. Y ese era nuestro coche.

No me preguntéis por qué era así, y solo pensad en la tristeza que producía cambiar de coche y dejarlo allá donde se pactó su cambio de titularidad, ya fuera un desguace, un concesionario, o la casa de su próximo e indigno nuevo dueño. A sensu contrario, no os perdáis recordar el efecto que producía volver a verlo por la calle después de haber sido sustituido por un «último modelo». Casi, casi, era como el retorno del emigrante que faltó cuarenta y siete años de su pueblo. Curioso. Sin duda.

Cuando un torrelaveguense quiere escribir con nostalgia de sus recuerdos, y ha sido hijo de un empleado de Solvay, necesariamente esos recuerdos deberán rendir homenaje a «La Fábrica».

«La Fábrica». Así se llamaba la empresa en casa de sus empleados, de sus productores, de sus directivos. Para todos, sin distinción, era «La Fábrica». Entonces, ésta cuidaba de todos. Mientras constituía la base de los ingresos de miles de familias en Torrelavega, Solvay albergaba un pequeño Hospital donde se pesaba a los bebés hijos de sus operarios. Después, solo había que crecer. Cuando ya eras niño y dejaste de ser bebé, podías ir a Las Colonias de Solvay. Después, podías jugar en el Club de Ajedrez de Solvay, esquiar en su Club de Montaña, o jugar al Tenis en sus frondosas instalaciones.
Al final, todos teníamos algo que ver con esas actividades que «La Fábrica» ofrecía a su personal y a sus familias.

Cinco duros…

Veinticinco pesetas era lo que costaba aquella entrada verde, mal cortada y mal impresa, con su número de fila y su número de butaca, y con su fecha puesta con un sello.

Pero encerraba una aventura en la que la pantalla, la oscuridad y las pipas, ayudadas por la linterna del acomodador, te iban a introducir durante hora y media en la mejor de las aventuras. Porque entonces las películas duraban una hora y media, y no como ahora, que duran dos y tres horas, y les sobra todo lo que no sea su hora y media; lo que mandan los cánones.

«Lo importante no es triunfar; es disfrutar»

Anoche oí esta frase en boca de Ferrán Adriá, y me quedé con ella. Me parece, simplemente perfecta, y a quien hoy dedico esta entrega supo hacer de su profesión un arte y un triunfo… disfrutando.

Don Ángel Quintanal, guardia municipal, que no «policía municipal» como se llaman ahora. En su época eran «guardias» por que su función era la de «guardar», con lo que eso conlleva. La casualidad quiso juntar un «Ángel» con un «Guardia», y es que el Señor Quintanal era un ángel de la guarda para los conductores que diariamente tenían que sufrir el cruce de Cuatrocaminos, también llamado de Quebrantada.

Daba igual no llevar dinero.

Cada familia, tenía su tienda. Su farmacia, su Confitería, su Panadería, incluso su Mercería. Curioso. Y es que la mejor, sin duda, era la de mi familia.

En la foto, el edificio que albergó y alberga la Farmacia de Mi Familia. La Farmacia de Abascal. Han pasado ya muchos años; al menos los que van desde la llegada de mi uso de razón hasta esta tarde, y aún es el día que si por motivos puramente logísticos tengo que hacer «mi pedido» (lo siento, con 50 años uno está ya caduco) de medicinas en otra farmacia, prefiero que no me vean; me parece que les estoy engañando y traicionando. Y es que lo que une a un torrelaveguense con su farmacia, con la de su familia, tiene mucho que ver con nexos universales y etéreos. Porque ellos sabían lo que te pasaba, lo que te venía bien, lo que te daba alergia. Eran la extensión perfecta de tu médico de cabecera. Ninguno de los dos sin el otro. Guardaban alguno de tus secretos íntimos, y solo con un gesto de tu cara, sabían lo que necesitabas, y que lo que querías era «eso» que no se debe pronunciar en alto…

Son las cinco. He hecho la digestión, y me puedo bañar. Sucesión lógica de acontecimientos. Conductismo primitivo de Paulov. La vida se compone de muchos recuerdos y muchas sensaciones, pero para las personas especialmente nostálgicas, los olores y los sonidos…

Este Título no es sincero. En cada casa, la lata de los botones no era en realidad tal, sino que era una lata de Colacao. En otras era la de la costura, o la de las fotos, incluso la de…

Sigo sin entender cómo funciona la televisión… Prácticamente nacimos con ella, y si ahora hacemos el ejercicio de comparar la primera vez que nos asomamos a aquella ventana y lo que vimos, con nuestra relación actual con este electrodoméstico, observaremos…