No éramos todos iguales. Y además, éramos asquerosamente pijos, progres, y horteras.

Y me explico. Después de épocas de postguerra, nuestra generación y quizá aún más alguna anterior pero muy próxima a la nuestra, empezábamos a acomodarnos en una sociedad económicamente más relajada, y como tal, la ropa y la forma de vestirnos comenzaba a tener una cierta preponderancia en nuestra vida. «Una cierta», no. Mucha.

Y ya lo dije en la primera frase de esta entrega: pijos, progres y horteras. Curiosamente, aunque cada uno nos hubiéramos encasillado en alguno de estos tres grupos, todos hemos pasado en algún momento, y en mayor o menor grado, por cada uno de ellos. No es menos cierto, que el grado de consciencia tampoco es el mismo, ya que el que quería ser pijo lo era, el que quería ser progre lo era, pero al hortera le venía impuesto por sus circunstancias. Es decir: nadie es hortera porque quiera serlo, sino más bien y en aquellos años, por una maldita abducción de Tony Manero y las discotecas, en su vida.

No se había inventado el «zapping». O mejor dicho: no se habían inventado «los canales» de televisión, y como solo había «la uno» y el «uhf» y en ésta segunda cadena no había anuncios, pues no había «zapping».

Esta circunstancia, hacía que en nuestra infancia que es exactamente cuando «la tele» llegó, los anuncios tuvieran una relevancia significativa de nuestras horas delante de la pequeña pantalla. Nos los sabíamos de memoria, y al contrario que ahora, donde la música de un anuncio se saca de un tema ya existente, entonces era el anuncio el que aportaba la música a nuestro devenir cotidiano. A modo de ejemplo:

Podría llenar esta entrega de tópicos. El sabor del primer beso, las hormigas en el estómago, escondiéndonos en un portal… pero como el lector puede observar, parece que tan solo buscamos el título de una película de Summers, de un…

En nuestra evoluión de chavales, vimos cómo diversos intereses se nos iban aparejando para hacernos sentir cada vez más mayores. Se ponían a nuestro lado, caminaban a nuestro mismo paso, y se incorporaban a nuestro mundo con la misma fuerza que nuestra barba.

Estos intereses compartían muchas circunstancias. Nunca nos importaron; aparecieron de pronto y nos sorprendieron; aunque nos resistimos a ellos, al final triunfaban, y se convertían en lo más importante de nuestras vidas. En realidad no era así. Simplemente se convertían en lo más importante de aquel momento. Nuestras vidas eran otra cosa.

Fue el guiño de los productos lácteos a las nuevas generaciones. «La Leche Collantes, hace a los niños gigantes».

Lo prometí en la entrega de Diciembre, y aquí estamos. Después de ver que es lo «que había», ahora vamos a reflexionar sobre «lo que no había»; y lo que no había era mucho.

Dicen que estas generaciones son mucho más altas que lo que éramos nosotros, y la creencia popular opina, sin duda, que los yogures han sido quienes lo han fomentado. De ahí el motivo de la foto que ilustra la entrega. A lo más que llegamos, fue a oír que existía un electrodoméstico que se llamaba «yogurtera», pero que a mi casa no llegó. Tampoco me importa. No soy un fanático de los yogures, por un argumento tan fácil, como que se pueden comer caducados (dice el ministro), y es que el yogurt es ya un producto caducado, porque para mí, es leche… «estropeada»… Comparto muchas cosas con D. Carlos Herrera, pero el poco cariño hacia los yogures, es una de ellas.

¿Cómo es posible que entren en todas las casas del mundo en una noche? Y nada… que no me puedo dormir…

Puestos a escribir de nostalgia de nuestra infancia, la Noche de Reyes se tiene que llevar la palma; sin duda.

Nunca llegaba el día, y además, cuando llegaba se marchaba muy rápido. Había que volver al «cole». La Noche de Reyes es sin duda una noche mágica llena de sensaciones tan intensas, que aunque los años las vayan borrando, algunas siempre permanecen. La mía era y sigue siendo, la de asomarme a la ventana y pensar que en todas las casas está sucediendo algo mágico.

Podría haberme acogido al maldito tópico de que no me gusta la Navidad y haberme «escaqueado» de escribir esta entrega. Pero… (ojo a la contundencia)… ¡ No me da la gana ! Y no me da la gana porque a mi, la Navidad, me encanta.

Reconozco que hay momentos en la vida en que la Navidad es maravillosa, y otros en que realmente es una temporada muy dura. Desde esta sección, y por primera vez, haré una dedicatoria muy especial para todos aquellos lectores que me siguen, y que lo estén pasando mal; no solo por la pérdida de personas queridas, sino también por los tiempos difíciles que algunas familias viven. En mis ansias de positividad, os pediría a los que las cosas os marchan bien, que os acordéis de quien cerca de vosotros pueda necesitar algo, y a los que estáis viviendo problemas, que os deis cuenta de la generosidad de los que os rodean y al menos disfrutéis de ella.

Esta entrega tendrá dos partes. La primera he optado por llamarla «¡Me come los higados!» y la siguiente se llamará «Hace a los niños gigantes».

Y os preguntaréis a qué viene esto, ¿verdad? Fácil de entender; yo os lo explico. Hoy hablaremos de qué comíamos; vamos… de qué es lo que había. En la próxima, hablaremos de qué es lo que no había…

He ilustrado la entrega, como siempre, con una fotografía: un filete de hígado con patatas. Este era quizá el caballo de batalla de la época. Sin embargo, a mí me gustaba, y me sigue gustando. El filete de hígado es la cruel prueba de como nos hemos esclavizado de los endocrinos, nutricionistas, y demás doctos cuidadores de organismos. Antes era un alimento rico que aportaba mucho hierro y era fundamental para nuestro crecimiento (vamos, como si en vez de rodillas tuviéramos bisagras, o como si fuera verdad que a alguno le faltaba un tornillo). Ahora es «puro colesterol»; vamos, que solo con mirarlo tu ateroesclerosis es galopante sin haber herrado el equino (con el hierro del hígado de los sesenta…)
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Había filetes pero de los que llamaban «de contra», que eran más baratos. Y por encima de todo había legumbres. De todos los tipos y tamaños. También había patatas: en salsa verde, con arroz, con chorizo, con carne «de aguja»… Entonces las había con puerros y un poco de bacalao, y no nos gustaba nada. Ahora, se llama «porrusalda» y es un manjar propio de los mejores txokos del ensanche bilbaíno. Las que se cocían con chorizo, ahora se llaman «patatas a la riojana» y son la gran delicia gastronómica de la más atractiva Rioja. Cambian los tiempos, y los paladares.