En esta tribuna me acerco a una de las actividades que realizamos desde el S.O.A.M., la atención a menores con medidas judiciales en medio abierto. Por medio de las actividades propias de la regularización de la ley del menor, quiero hacer una reflexión sobre la ley en cuestión.

Comienzo recordando que la ley 5/2000 regula la responsabilidad Penal del Menor entre 14 y 18 años, y a su vez diferencia dos etapas a la hora de cometer una falta o delito: la primera etapa abarca las edades de 14 y 15 años y la segunda las edades de 16 y 17 años.

Cuando hacemos referencia a la ley 5/2000 descubrimos que, además de tener un carácter sancionador, incide de una manera especial en el aspecto educativo propio de la ley. Por esto dichas medidas tienen un carácter educativo, aportando aspectos positivos en el desarrollo del ser humano, y en este caso en personas en proceso de formación como son los menores.

Todas estas medidas se imponen teniéndose en cuenta las circunstancias personales de los menores, las familias, el contexto social donde conviva el menor, … Por ello la ley regula la figura del Equipo Técnico, dependiente de Fiscalía, que estaría formado por un Psicólogo, un Trabajador Social y un Educador. Estos profesionales comienzan su tarea tras la apertura del expediente.

Durante el año 2014, celebramos los 125 años de la fundación de los Amigonianos, si bien es una Congregación que nace en Valencia, en 1889, os invito a remontarnos unos años antes, cuando Luis Amigó pertenecía a la comunidad Capuchina…

Con este título, ¡Salud, no te consumas! publicamos desde el SOAM un estudio sociológico con intención de prevenir e informar sobre los efectos del consumo del cannabis. En este artículo quiero acercarme a la reflexión de una sustancia que es la tercera más consumida en los jóvenes, después del alcohol y el tabaco, me refiero al cannabis y sus derivados, el hachís y la marihuana.

El día 6 de marzo leí un artículo publicado en un periódico regional titulado «La mitad de los jóvenes de 17 años se dan atracones de bebidas alcohólicas». Dicho artículo ofrecía datos estadísticos de una encuesta estatal sobre el uso de drogas, realizada a estudiante entre 14 y 18 años. El artículo apuntaba datos significativos, como que 6 de cada 10 estudiantes se han emborrachado alguna vez. Una atracción para los jóvenes es el «binge drinking» que consiste en beber al menos cinco copas o vasos en dos horas.

El botellón cosecha un 57% de partidarios, etc. Con estos datos quiero incidir en el título de este artículo «¡Salud! Aprende a beber» y ofrecer un mensaje preventivo, siendo conscientes que el alcohol puede introducirnos en problemas serios sino sabemos beber. Saber beber es aprender a disfrutar de pequeñas cantidades; cuando la cantidad es excesiva nos introducimos en un círculo peligroso, vicioso y dependiente; este es el riesgo que corremos con la bebida compulsiva, como el «binge drinking».

En anteriores artículos he reflexionado sobre normas, refuerzos, etc. En este artículo quiero introducirme en los castigos. Pero cuando hablamos de castigos nos cuestionamos, y hasta dudamos, si es bueno o no castigar, ya que cuando tenemos que castigar a quienes más queremos nos cuesta mucho, o hasta nos cuestionamos lo traumático que puede ser el castigo.

La palabra «castigo» tiene connotaciones negativas debido a los abusos cometidos, y quizás por eso lo relacionamos con la realización de conductas violentas, pegar, … pero cuando se quebrantan reglas importantes o una conducta es transgresora y queremos cambiarla tenemos que acudir a los castigos. El castigo sobre el que vamos a reflexionar está orientado a quitar o negar algo que le gusta al sujeto; retirar privilegios como consecuencia de esas conductas negativas.

Cuando reflexionamos sobre educación, nos damos cuenta de la dificultad de afrontar esta tarea imprescindible en la sociedad. Recientemente he leído un estudio publicado por la Fundación Santa María donde un 67% de los jóvenes dicen tener interés en ser educados en valores, y el 32% manifiesta un interés medio. Recuerdo una impactante reflexión de Steven Miles que dice, «Si los jóvenes son valorados como algo en la sociedad actual, ese valor reside en el papel como consumidores». Con esta expresión me viene a la cabeza las campañas publicitarias, el marketing, donde nos venden productos para consumir y los programas de televisión o revistas donde nos publicitan las infidelidades etc., y me pregunto ¿qué sociedad estamos creando?, los jóvenes nos están pidiendo educación en valores, ¿cuánta publicidad hacemos de los valores?.

En este artículo quiero reflexionar sobre la situación de los menores ante la crisis que estamos viviendo y como les afecta. Cuando hablamos de la infancia decimos que nos preocupa, les queremos proteger etc. Tenemos un marco normativo amplio que nos lo recuerda:

-La convención de los derechos del niño de Naciones Unidas, ratificada por el estado Español en 1990, donde los estados tienen la obligación de garantizar los derechos del niño.

-La carta Europea de los derechos del niño, donde obliga a los estados miembros a garantizar la educación, necesidades básicas.

-La constitución española recoge que los poderes públicos tienen la responsabilidad de la protección integral de los niños/as

-El Código Civil, nos dice la necesidad de atenderles cuando queden privados de las necesidades asistenciales.

-Las legislaciones autonómicas, ley de infancia, planes y reglamentos ofrecen niveles altos de bienestar.

Esto decimos los adultos de los niños, pero los niños no votan, no hacen manifestaciones y en ocasiones son los últimos en tener en cuenta cuando deben ser los primeros en proteger.

El 25 de noviembre celebramos el día internacional de lucha contra la violencia de género y aprovecho la cercanía de dicha fecha para reflexionar con este escrito sobre un tema angustiante en nuestra sociedad y, de una manera especial, en los menores que sufren esta realidad en sus familias.

Nuestra sociedad se siente preocupada e interesada por el problema de la violencia de género; se editan libros y se hace investigaciones sobre el tema. Sin embargo son más escasos los estudios y los datos sistemáticos que nos permiten conocer el impacto que este tipo de violencia tiene sobre los niños/as, adolescentes, … que viven en el contexto de esta realidad.