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Portada » «Pico, zorro, zaina»

«Pico, zorro, zaina»

01/03/2013Por HoyTorrelavega4 Minutos de lectura0
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PicoZorroZaina

Ni idea…

No tengo ni idea de por qué ese juego se llamaba así, ni por qué cada una de las figuras se expresaba de la manera que se hacía. Incluso he intentado investigar en internet, y por primera vez, la red me ha dejado solo.

Atiendo a peticiones de todos mis amigos: «habla sobre los juegos, por favor, habla sobre los juegos…» ¡Ea! Vamos a recordar aquellos ratos de colegio (o de escuela, véase la entrega anterior) en lo que lo importante era pasar el rato.
Antes de entrar, por la mañana, no se jugaba porque siempre llegábamos con el tiempo justo, pero antes de entrar por la tarde (si, si… en nuestra época se iba al colegio por la mañana y por la tarde todos los días; hasta en Septiembre), al salir, y en el recreo, se jugaba. Tampoco sé cual es el motivo, pero siempre que en una tertulia se hace memoria de nuestros juegos de la infancia, «pico, zorro, zaina» es el clásico del que todo el mundo se acuerda. Será porque era el juego más bruto, y el que más demostraba lo «machote» de cada uno, y eso entonces, era importante.

No voy a explicar en qué consistía, porque lo recordamos todos, y la fotografía de esta entrega es muy elocuente, pero frente a lo que es la vida real, aquí nadie quería ser «madre» porque «la madre» no se involucraba… Vamos, ¡parecido a la vida real! Lo importante era ser de los que saltaban, para no sufrir y poder aflorar la crueldad infantil a la que sin duda, nosotros tampoco éramos inmunes.

Yo tengo un recuerdo especial de otros dos juegos, dado que no era de los que más le gustaban las «burradas» y los juegos de fuerza física. Tampoco Dios se ocupó de darme condiciones para ello. Recuerdo con mucho agrado la peonza y las chapas.

La peonza, para ser buena, tenía que ser de «El Aldeano». Eran las mejores, aunque aún quedaban algunos talleres de ebanistas, donde se torneaban peonzas y gárabos. Si el ebanista tenía una ventana a la calle, ahí las colgaba, de su cordeles, para chafarnos la vida. También era importante un buen cordel, que no se deshilara, y con la medida justa para cubrir la peonza hasta la raya, dos vueltas a la mano, y los «dos reales» entre los dedos. A partir de ahí, habilidad y a veces un poco de fuerza. Con suerte, sacar al contrario del redondel. Con más suerte y ese poco de fuerza, partirle la peonza. «¡Ron parriba, peonza partida!» Había que dedicar un rato a afilar el ron. Mejor aún, si conocías a alguien que te cambiaba el ron por una punta de clavo, de los grandes, de los de «encofrao»… ¡Qué brutos, coño…!

Las chapas era otra cosa. Una combinación de habilidad manual para conseguir todos los puntos del proceso y tener la mejor chapa. Primero, buscar la ideal. Era imprescindible que no estuviera mellada por la apertura del abridor del camarero. La mínima doblez tumbaba de inmediato el control de calidad del jugador. Las mejores: la chapa de Bitter Cinzano, ligeramente más pequeña que las del resto de los refrescos, y en otra categoría, el «chapín de Karpy». Después, había que frotar con paciencia la cara de arriba contra el cemento del suelo, para borrar la pintura y dejarla de color metálico, y sobre todo, brillante. No nos hacía falta sponsors.

Después, elegir el ciclista y conseguir el cromo. A mi me gustaba Martín Piñera, era de mi barrio. Recortarlo, y encajarlo en la cara interior de la chapa. Un cristal, un canto del río, y a tallar el diamante… digo… el cristal que cubrirá al protagonista. ¡Ojo! Un poco de plastilina para sujetar el cristal en su perímetro, y para compensar las tensiones y las fuerzas centrífugas. Tecnología que posteriormente, digo yo, dio paso a la evolución de la Fórmula 1.

Un circuito (mejor de tierra), con peralte. La salida, la meta volante, dos cuestas, y la llegada. Ya solo se necesitaba la habilidad y la destreza de los dedos. Hasta ahí llegué yo. Buena chapa, pero torpe como yo solo. Probablemente nunca gané. La red tampoco me lo aclara.

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