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Vigile sus pasos

29/07/2015Por HoyTorrelavega4 Minutos de lectura0
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LucioTeran

*Lucio Terán siempre afirmó que en este texto había un pasaje en el que se hace un guiño a Edgar Neville y a una de sus novelas. Lamentamos no haber podido localizar el pasaje del texto ni la novela aludida.

Sin duda alguna, la peatonalización del centro de Ciudad Crujiente era una intervención urbanística correcta y adecuada: la limitación del tráfico rodado suponía una mejora medioambiental, pues se reducían sensiblemente la producción de ruido y la emisión de dióxido de carbono; además, la eliminación del tráfico rodado permitía que la gente tomara las calles. Otra cuestión diferente era el problema del aparcamiento para vehículos de tracción motora de cuatro o más ruedas. El desinterés por resolver este segundo problema no debía invalidar las bondades de aquella primera medida llevada a cabo durante varias legislaturas de distinto color político.
Con una buena hidratación, resulta fantástico un paseo por Ciudad Crujiente a las tres de la tarde cualquier día soleado de julio. El calor que desprende el firme y el calor que cae a plomo hacen a uno transpirar toxinas por todos los poros. El reguero de sudor se va evaporando casi según toca el empedrado. La canícula es sanísima.

Aquel día de verano me encontraba en uno de mis paseos-sauna vespertinos. Llevaba buen ritmo por la calle Aplacamiento cuando empecé a notar demasiado calor en las plantas de los pies; varias decenas de metros más adelante la sensación era insoportable. Paré y eché la vista atrás: a lo lejos vi mis playeras, quietas en la acera; algo más cerca estaban mis calcetines, firmes, rígidos, marcando el paso (el calor los había dejado tiesos como la mojama). Para colmo de desgracias, el pañuelo con nudos en las cuatro puntas se había quedado seco y ya no me refrescaba la cabeza. Aaaarrrrgggg.

Deshice el camino andado a breves saltos para no quemarme. Estaba claro, el calor había derretido lo suficiente los chicles de las aceras. Toda vez que conseguí quitar la mayoría de ellos pegados a los calcetines y a las playeras, retomé mi camino y mi búsqueda de una fuente para refrescar el pañuelo.

Ah, mucho mejor. La sesera ya estaba refrigerándose y yo podía pensar con claridad. Al levantar la cabeza y ver el último tramo de la calle lo vi todo más claro. Pero necesitaba el material necesario.

Al día siguiente volví a la calle Aplacamiento, a esa hora la ciudad come y echa la siesta. La discreción es requisito indispensable. También aseguré los calcetines y las playeras a los tobillos con cinta de carrocero; había que reducir riesgos.

Con una tiza fui uniendo chicles pegados al suelo. Si empezaba por poniente, el resultado era evidente: la silueta de una polka. Si empezaba por el norte, la silueta resultante era gnomo cojo. Decidí olvidarme de este segundo dibujo.

El resto del mes de julio me pasé descubriendo más dibujos ocultos: un canapé, una jarra de cerveza y una taza de café, en la calle Inmolados; un cirio y un zapato en la calle Arcángel; un billete de cien pesetas (costó mucho trazar la calva de Manuel de Falla) en la calle Telesforo Trueba, justo a la altura del emplazamiento que tuvo el Banco de Torrelavega. Y la lista sigue.

¿Qué significarán todos esos dibujos? Oh, cielos. ¿Sería posible? No. Pensar que los chicles pegados por todas las calles son consecuencia de la falta de urbanidad de la gente es tristemente lo más sensato. Es imposible que haya un contubernio que esté dejando mensajes secretos. Y ¿si fueran obra de la logia que se reúne en las ruinas que hay debajo de la Plaza Mayor cada tercer lunes de cada mes? Siempre se ha negado la existencia de ese grupo. Incluso los alcaldes siameses tuvieron que dar una rueda de prensa hace cincuenta años para desmentir el rumor que se había difundido por Ciudad Crujiente. También es cierto que esos hermanos perdieron credibilidad cuando dijeron que habían logrado separarse con un caldero agua muy caliente.

Sea como sea, la limpieza de la ciudad no depende únicamente del eficiente trabajo de los empleados del servicio de limpieza. Los ciudadanos también somos responsables de cacas de perro, de las colilllas o de los envoltorios.

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