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Aparcamiento

29/06/2015Por HoyTorrelavega4 Minutos de lectura0
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LucioTeran

Las seis de una tarde de primavera era un buen momento para pasear por Ciudad Crujiente. La leve brisa aligeraba los rigores de un calor que se había adelantado unas semanas. Zoilo y yo íbamos a cruzar por un paso de peatones. Pero, ¡ops!, en la acera había un descapotable que impedía el cruce.

Zoilo me señaló un banco de la plaza cercana. Nos sentamos. La comisaria está a cincuenta metros de distancia. Y algo debería suceder. Pasaron peatones; todos rodeaban el vehículo y cruzaban de acera sin más miramientos. Llegó la grúa municipal; se detuvo por un instante junto al coche. Nos disponíamos a levantarnos para aplaudir al agente y al operario; en ese momento la grúa continuó ruta. Nos sentamos y continuamos a la espera. Algo debería suceder… o no.

Las siete de la tarde. Más personas siguen sorteando el coche sobre la acera y frente al paso de peatones. Una gaviota, ¡una gaviota!, pasa sobre nuestras cabezas. Son las ocho de la tarde. Una patrulla de la policía pasa junto al coche; a diferencia de la grúa municipal, no duda un instante: no se detiene. Zoilo me mira con ojos tristes. En el campanario del ayuntamiento la Gran Polka de cobre da las nueve de la noche.

Las once de la noche. Vaya desperdicio. El descapotable seguía allí. Se trataba de un descapotable pequeño, más bien mínimo. En él solo puedes salir a desayunar; porque si vas a comer, y te excedes, a la vuelta ya no cabes; tal vez el dueño, después de comer, se fue a un gimnasio para quemar un posible codillo. Se trata de un descapotable cuyos ejes están muy cerca del suelo; tal vez el dueño se raspó las posaderas con el asfalto y le estaban curando en un centro de salud.

Zoilo ya tenía ganas de volver a casa. Nos levantamos, y comenzamos a deshacer el poco camino andado cinco horas antes. Tras unos pocos pasos, una mano me apretó firmemente en el hombro y una voz ronca y cavernosa habló:

-Yo también me siento desolado.

-¿Perdón?-nos giramos y ante nosotros teníamos a un nonagenario con melena y barba canosas.

-Oh, claro, claro -el anciano carraspeó y se aclaró la voz-. Yo también me siento desolado; sí, en efecto –ahora su voz sonaba cristalina y entrañable.

-Yo… estoy… desolado. Entiendo.

-Sí. Oh, tiempos confusos en los que la falta de educación y urbanidad nos han llevado a la decadencia. La gente aparca sus coches en las plazas para discapacitados o en pasos de peatones. Las aceras están decoradas con chicles. Sí, en efecto. Oh, ¡qué oscuro futuro le espera a esta ciudad y a sus honrados habitantes!

-Y dígame, señor…

-¡Calla y no me interrumpas, insensato!

-Sí, señor.

-Pero hay remedio. Sí, en efecto. Claro. He hablado con el gran Oráculo Almendrado. Me hizo ver que la solución se encuentra en una casa de piedra y de planta cuadrada. Allí hay escondido un libro donde los Cuatro Fundadores dejaron escritos los futuros posibles de Ciudad Crujiente.

-Creo que debería irse a casa, tomar un vaso de leche templada y acostarse.

-Sí, claro. En efecto. ¡Pero no olvides lo que te he dicho! El Oráculo dijo que solo alguien suficientemente honesta y que tenga un treinta y nueve de pie será capaz de traer tranquilidad a la ciudad.

-Pues nada, señor. Descanse y mañana póngase a buscar al elegido.

-¡No! Te he observado, muchacha. Tienes el sentido de la justicia y eres paciente; has perdido cinco horas de tu tiempo esperando.

-Tan solo he hecho una tontería un viernes por la tarde.

-¿Qué número de zapato usas?

-Eso da igual. Mucha gente usa un treinta y nueve.

-Eres la elegida… Eres la elegida…

Y el misterioso hombre se alejó. Zoilo y yo retomamos el camino de vuelta a casa. A los pocos minutos oímos un estruendo de golpes, cristales rotos y pitidos. No nos giramos. Sabíamos que el misterioso señor había empezado a golpear con un palo el coche mal aparcado.

-La casa de piedra y de planta cuadrada. ¿Dónde estará?

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