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¿Usó el bando republicano en la Guerra Civil española sangre de cadáveres para salvar a los vivos?

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La segunda semana de septiembre de 2012, se publicó en diversos periódicos, entre ellos un diario vasco, la siguiente noticia: "El bando republicano usó sangre de muertos para salvar a los vivos en la Guerra Civil". ¿Es posible que algo que, a priori, parece tan escalofriante, pueda haber realmente sucedido?

El artículo periodístico cuenta parte de la historia de las transfusiones, a partir del testimonio de un conductor de ambulancia que observó extrañado como Reginal Saxon (médico británico afín a la causa), extraía sangre a cuatro cadáveres correspondientes a soldados republicanos. Se encontraban en un pueblo cerca de Teruel e intentaba la extracción de sangre de los cuerpos aún calientes para reabastecer los suplementos de sangre de su camión de transfusiones (que, por otro lado, comenzaban a escasear), ante la estupefacta mirada del conductor. "Es una nueva técnica soviética", respondió impertérrito el británico, mientras realizaba las extracciones acuclillado.

 

Meses antes, imbuidos en constantes escaramuzas militares, la Sanidad Militar de la República contaba con varios correligionarios médicos trabajando en el denominado Instituto de Transfusión Hispano-Canadiense de la calle Príncipe de Vergara. Uno de ellos, el Dr Norman Belthane (canadiense de origen), es considerado por muchos historiadores como el creador del sistema actual de donaciones en España, así como el inventor de las unidades móviles o "camiones de sangre que", por primera vez en la historia, transportaban la sangre a los heridos y no al revés. Pero además, gracias a su fuerte vocación investigadora, concentraba sus esfuerzos en la optimización de la preservación de la sangre una vez extraída. Su prolongada carrera en este ámbito de la medicina sentó los cimientos en donde se construyó años después los "hospitales quirúrgicos móviles de la armada", conocidos por todos por sus siglas en inglés (MASH), gracias a una serie televisiva de los años ochenta.

En el Instituto de Príncipe de Vergara trabajaba también el doctor Herman Muller (ganador del Premio Nobel años después por sus trabajos en relación con los efectos nocivos de la radiación), cuyo empeño en el empleo de sangre de cadáveres para transfusiones en vivos fue notable. Muller era perfectamente consciente de la repercusión que había tenido el trabajo del Dr Serguei Yudin dos años antes. El médico ruso había publicado en la prestigiosa revista Lancet (una de las revistas científicas de medicina más importante del mundo), los excelentes resultados obtenidos en 900 pacientes, en los que se había transfundido sangre de cadáver. Teniendo en cuenta este precedente, los esfuerzos de los médicos del Instituto se centraron en esta nueva posibilidad de tratar a los heridos republicanos en el frente de batalla de la guerra civil, en los que, evidentemente, las heridas producían pérdidas masivas e irreparables de sangre.

En 1937 las técnicas de transfusión eran casi primitivas, pero, contrariamente a lo que se pueda pensar, las transfusiones se han realizado (o intentado, con diversos resultados), muchas veces a lo largo de la historia. Ya en el siglo XVII el Dr. Denys, médico personal del Rey Luís XIV de Francia, realizó una transfusión de sangre de oveja a un adolescente de catorce años con, según cuentan los historiadores, notable suceso (el paciente, al menos no falleció). Es reseñable, entre numerosos otros intentos (fructíferos o no), la historia del primer presidente de los EEUU, George Washington, al que se planeó una reanimación (instantes después del fallecimiento), consistente en la transfusión de sangre de cordero, circunstancia que no se produjo ante la espantada negativa de Martha, su viuda.

Pero, independiente de estos dos ejemplos (y muchos otros), en los que se intentó la transfusión de sangre para la mejoría de la pérdida masiva o de ciertas dolencias, no fue hasta mediados del siglo XX cuando se estandarizó las transfusiones en humanos, mediante un sistema de tubos de caucho que conectaban donante y receptor.

Uno de los problemas era la preservación de la sangre extraída, ya que ésta coagulaba con facilidad. Después de varios intentos con diferentes sustancias, no fue hasta 1915 cuando se estableció de manera rutinaria el uso del citrato de sodio para evitar tal circunstancia. Años antes en 1901, con el descubrimiento de los grupos sanguíneos, se consiguió evitar las muertes por rechazo por la conocida incompatibilidad de grupos sanguíneos.

Así pues, durante la guerra civil las transfusiones de sangre aún distaban de ser perfectas. Sin embargo, la creación de los camiones de sangre así como la regulación de los sistemas de preservación, permitió la creación de uno de los primero bancos de sangre de la historia. No obstante, la demanda de sangre masiva por parte de los combatientes heridos producía constantemente que las existencias disminuyeran dramáticamente.

El Dr Saxon, el cirujano que extrajo sangre de los cadáveres en Teruel aquel día, intentó convencer (junto con el Dr Muller, también afín a la causa republicana y fervoroso investigador del Instituto de Transfusión), a las autoridades republicanas competentes de la necesidad de instaurar las extracciones de cadáveres, aunque nunca tuvo una respuesta positiva. Se desconoce si realmente consiguió su propósito. Según algunos autores las transfusiones de sangre de cadáver se habrían podido producir en un Hospital de campaña cerca de Tarragona, aunque no existe certeza sobre ello.

En definitiva, hay evidencias a favor de que se extrajo sangre de cadáveres aunque no está muy claro si se realizaron posteriormente en vivos. "Los hombres mueren pero la sangre sigue luchando en otras venas", rezaba el poeta, en un alarde y fervoroso clamor militarista. Si realmente fue o no así, permítanme que lo ponga en duda, así como la exactitud del título del artículo periodístico.

@rhdezestefania