Dom25062017

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Un colegio, un barrio, una vida

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Nati-Obregon

Recientemente, el último viernes de enero, hemos celebrado el "Día del docente" efemérides en la que se pretende poner en valor el trabajo que maestros y profesores realizan a favor de la sociedad. Desde hace unos años la Consejería de Educación edita un libro, "Vidas maestras", en el que docentes jubilados ese curso narran sus experiencias frente al aula. Este año me ha tocado a mí colaborar en dicho libro ya que me jubilé el treinta y uno de agosto. Desde este rinconcito que me brinda Hoy Torrelavega, deseo compartir con quien quiera leerme algunas de mis experiencias de estos cuarenta y seis años.

En mi época los estudios de magisterio eran bastante sencillos: bachiller elemental, examen de ingreso en la Escuela de Magisterio, tres años de carrera, reválida y ...ya podías ponerte al frente de un aula. Eran estudios totalmente memorísticos y apenas teníamos clases prácticas. Desde luego yo terminé mi carrera totalmente carente de formación para ejercer la profesión; bien es cierto que esa falta de preparación la suplí con mi entusiasmo. Después de un primer año dando clase en casa, me uní a una compañera de estudios y abrimos un colegio en un entresuelo (algo muy común en aquella época), con un aula para niños y otra para niñas.

 

Pero en el año 1970 llegó la Ley General de Educación de Villar Palasí, por la que se implantó la Educación General Básica (E.G.B.), educación obligatoria y gratuita entre los seis y los catorce años. Debido a ella en septiembre de 1972 , junto con otras dos compañeras fundamos el Colegio Mayer ubicado en el barrio de La Inmobiliaria. Así comencé mi gran aventura profesional, en este pequeño colegio, durante cuarenta y un años, siempre unido al barrio y a la evolución de este.

Con la nueva ley de 1970 también se inició un proceso esencial de formación del profesorado. Los nuevos titulados ya salían de las escuelas como «Profesores de E.G.B.», pero los «maestros», si queríamos dar clase en segunda etapa, teníamos que reciclarnos y hacer cursos de especialización; y eso hice, me especialicé en Ciencias Sociales: durante los cursos 1974-75 y 1975-76 salía del trabajo a las seis de la tarde y acudía al Instituto Marqués de Santillana a recibir clases de geografía e historia de una serie de profesores de institutos de Torrelavega y Santander. Fue un gran curso y me dio la formación adecuada para afrontar esta nueva etapa profesional con garantías para mis alumnos. A partir de aquí la formación ha sido una constante, primero en el Instituto de Ciencias de la Educación y posteriormente, en los Centros de Profesores. Creo que este es un aspecto muy importante que ningún maestro debe descuidar.

Y vuelvo a mi centro, a mi barrio y a mi alumnado. Durante los años setenta y ochenta la mayoría del barrio estaba habitado por familias de clase media cuyas expectativas para sus hijos eran los estudios universitarios. Pero llegaron los años noventa y mucha población del barrio se trasladó a otros lugares con mayor calidad de vida mientras el barrio se fue degradando físicamente; al tiempo comenzó a llegar a Torrelavega la primera oleada de inmigrantes, que se instaló en él. Como consecuencia, mi alumnado también cambió al escolarizar a estos nuevos vecinos. Eran niños en su mayoría sin escolarización anterior, con desconocimiento del idioma, que se encontraban en una grave situación de desventaja social, económica y cultural a la que nosotras como educadoras debíamos dar respuesta.

Y... ¿cómo hacerlo? No estábamos preparadas para afrontar esta situación. Tras analizar nuestra nueva realidad, vimos la necesidad de dar un cambio al centro, de ofrecer respuestas; de modo que modificamos nuestro proyecto educativo, e ideamos y pusimos en práctica el proyecto «Rompiendo Círculos», a través del cual pretendíamos romper esa especie de pescadilla que se muerde la cola que consiste en que las situaciones que viven los padres se perpetúan en sus hijos. El objetivo era y es conseguir una compensación educativa que impulsara la igualdad de oportunidades y la cohesión social.

Y en esta tarea terminé mi etapa profesional. Creo que la vida de una maestra es todo lo contrario de monótona; es creatividad, imaginación y satisfacción al ver como los niños y niñas van creciendo por dentro y por fuera. Repito lo que ya he dicho en otras ocasiones: ser maestra es un privilegio.