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Erasmus y la igualdad de oportunidades

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Nati-Obregon

Uno de los proyectos más exitosos de movilidad en Europa se llama «Erasmus», programa según el cual alumnos de educación superior (universitarios, F.P. superior y enseñanzas artísticas superiores) pueden estudiar durante unos meses en un país europeo diferente del suyo de residencia. Para que este proyecto esté al alcance de todos, está dotado de becas cofinanciadas por la Unión Europea y por los diferentes estados miembros. España es el país que más «Erasmus» envía y recibe: unos cuarenta mil estudiantes españoles disfrutan este año de una beca de este tipo.

¿Por qué es tan importante este proyecto? Si consideramos la educación como el medio de conseguir una sociedad más justa e igualitaria, el acceso a ella debe ser posible para todos, sea cual sea su condición social. Este es, a mi juicio, el papel que cumplen las becas Erasmus: cohesionan, ofrecen igualdad de oportunidades a nuestros jóvenes, coadyuvan a su formación y, por tanto, mejoran nuestra sociedad y nuestro futuro como país.

Pero estamos en el país de los recortes y, en cierto sentido, del desprecio a la educación. Parece ser que el señor Wert no quiere dejar títere con cabeza y ahora le toca el turno al proyecto Erasmus. Voy a intentar hacer un relato de lo ocurrido durante este mes de noviembre en relación con el tema que nos ocupa.

La primera ocurrencia del señor ministro fue su anuncio del recorte de las ayudas que había concedido el Gobierno español a los Erasmus este año, cuando ya había empezado el curso. Se armó un gran revuelo porque se dejaba tirados a un elevado número de alumnos que no tenían capacidad económica para continuar sus estudios en el extranjero si se les reducían las ayudas; incluso comunidades autónomas gobernadas por el PP criticaron la medida. Esta solo duró unas horas porque el ministro tuvo que rectificar, pero Bruselas le recriminó su actuación.

Segundo susto. Más o menos una semana después y tras una reunión del Ministerio de Educación con los responsables autonómicos de universidades, un portavoz del organismo que dirige Wert explicó a los periodistas que los nuevos criterios europeos de reparto de fondos Erasmus iban a provocar una disminución para España y que esto traería como consecuencia un descenso importante de los actuales beneficiarios, que se quedarían en la mitad. Una vez conocida la noticia, Bruselas vuelve a tirar de las orejas al señor ministro: un portavoz de educación de la Comisión Europea le desmintió y calificó de disparate la información salida del ministerio. Este contraataca y manifiesta que ninguna autoridad de Educación ha dicho en ningún momento que se fueran a recortar los fondos europeos para el programa Erasmus, aunque sí podría ser que se disminuyera el número de becarios a cambio de un sustancial aumento de los fondos que recibe cada uno. Creo que estas declaraciones son una manera de salir del paso e intentar arreglar la chapuza que querían perpetrar.

Pero ¿qué ha pasado en realidad con el presupuesto europeo para estas becas? Pues que España va a recibir un 4,3 % más el próximo curso, hasta 53 millones, y un 60 % más hasta 2020; se han aprobado también las cantidades que debe aportar cada estado miembro, un mínimo entre 150 y 250 euros. Entiendo por tanto que en esta política de recortes que sufrimos, si el gobierno español tiene que dotar mejor a cada becario, quiera reducir el número de ellos; pero esto no es consecuencia del presupuesto de Bruselas, sino de la política educativa demoledora que se viene implantando en nuestro país en los últimos dos años.

Este programa debe ser defendido e impulsado porque, además de lo señalado en el inicio de este artículo, permite a los estudiantes compartir vivencias y valores educativos con jóvenes de otras culturas y contribuye a formar ciudadanos para una Europa unida, algo esencial en los tiempos convulsos en los que vivimos y en los parece flaquear el espíritu europeísta en el que se funda la Unión Europea.